Las imperdonables

por Alejandra Matus

Las imperdonables

Marcia Alejandra Merino, la Flaca Alejandra, fue una destacada dirigenta del MIR hasta el golpe de Estado. Después fue detenida dos veces y, aunque pidió permiso para asilarse advirtiendo que no sería capaz de soportar la tortura, el MIR no se lo permitió. En 1974, la DINA la secuestró, la sometió a brutales torturas y la «quebró». Desde entonces, ella y otras dos militantes de izquierda se transformaron en colaboradoras de los servicios de seguridad. Amigos y militantes fueron asesinados gracias a la información que entregaron. En ellas se inspira el personaje de Los archivos del cardenal que vive con Fabián en las Torres San Borja y lo insta a colaborar con la dictadura.

E

n 1990, el Presidente Patricio Aylwin creó la Comisión de Verdad y Reconciliación y las causas judiciales por violaciones a los derechos humanos comenzaron lentamente a desempolvarse. Abogados de la Comisión y policías de Investigaciones, por orden de algunos jueces, iniciaron la búsqueda de información. Así dieron con el paradero de Marcia Alejandra Merino, la Flaca Alejandra, a fines de 1991. La ex dirigente del MIR reconoció, desde la primera declaración, que había entregado a camaradas suyos en la tortura, varios de los cuales desaparecieron, y que luego se convirtió en colaboradora de la DINA y la CNI, con sueldo y vacaciones pagados por esos servicios de seguridad.

En noviembre de 1992, Marcia Merino ofreció una conferencia de prensa en la Comisión Chilena de Derechos Humanos. «Pido perdón», dijo ese día, pero hoy, casi veinte años más tarde, la petición sigue incomodando y dividiendo a los hombres y mujeres a quienes iba dirigida.

La flaca, la dura
Marcia Merino es oriunda de Concepción, la menor de tres hermanos. Su padre murió cuando ella tenía cuatro años. Su madre, una profesora básica, puso a sus hermanos mayores en un internado. Marcia creció en medio de muchas dificultades económicas como una niña enfermiza, sola y tímida. Solo cambió de personalidad cuando entró a la Universidad de Concepción, a mediados de los sesenta, a estudiar antropología y arqueología. Allí conoció el MIR y abrazó la militancia con un compromiso completo y sin reservas. En su libro Mi verdad… Más allá del horror; yo acuso, admitió que había llegado a ser «una militante rígida y dura», para quien cualquier gesto de vacilación de sus camaradas constituía una «traición».

Cuando el movimiento se lo pidió, abandonó sus estudios y se trasladó a Santiago, semiclandestina. Hacia fines de los sesenta ya se había convertido en una de las pocas mujeres dirigentes del MIR. Santiago se había dividido en cuatro Grupos Político-Militares (GPM). Ella fue nombrada la jefa del GPM-1, que abarcaba la zona sur de Santiago.

«Era una mujer muy asertiva, con un discurso político y una oratoria impresionantes», recuerda a condición de anonimato una ex militante, entonces bajo las órdenes de Marcia Merino. «Siempre andaba rodeada de un grupo de muchachos, sus favoritos, a los que otorgaba los privilegios de su confianza. Era dura y no tenía vida al margen del partido. Con los altos dirigentes era a la inversa: cariñosa, afectiva».

Enérico García, que fue miembro del GAP y encargado de la seguridad del líder del MIR, Miguel Enríquez, recuerda que Marcia Merino tenía llegada directa a la casa donde operaba la Comisión Política (CP) del movimiento. «La Flaca Alejandra tenía una tremenda capacidad de organización. Incluso antes del golpe, no todo el mundo tenía acceso ni sabía donde se reunía la CP. Marcia Merino era una de las pocas que llegaban libremente allí. Fue pareja de Alfonso Chanfreau, con quien en un momento hizo una especie de compromiso público, que fue “santificado” por Bautista van Schouwen».

Gladys Díaz, entonces dirigente en otro GPM en Santiago, recuerda que había apenas tres mujeres con ese nivel de relevancia en la dirección del MIR: Merino, Lumi Videla y la propia Gladys Díaz. Ellas eran un referente y un orgullo para el movimiento.

De prisionera a colaboradora
Marcia Merino ha relatado que en los primeros días tras el golpe fue detenida, pero no fue torturada ni sus aprehensores parecían saber sobre su militancia, así que prontamente quedó en libertad. Después de un breve lapso en que el MIR la mantuvo «congelada», se le ordenó que reorganizara la estructura partidaria entre Curicó y Chillán.

El 1º de mayo de 1974 fue arrestada nuevamente y trasladada a Curicó, donde fue torturada con electricidad por órdenes del fiscal militar Lautaro Bache. Fue así como comenzó a ceder y reconoció ante el fiscal que era militante del MIR, dijo cuál era su responsabilidad en la zona y reconoció que su partido tenía dos conscriptos infiltrados en el Ejército.

«Cuando por primera vez le reconocí la información a Bache, sentí que había traicionado a mi partido. Mi mundo se derrumbaba absolutamente. Así como mi entrega a la revolución y al partido había sido total y absoluta, el haber dado antecedentes, aun conocidos por ellos, significaba para mí un quiebre también absoluto», relata Merino en su libro.

El fiscal la trasladó posteriormente a la cárcel de Curicó. Allí escribió, en papel de cigarrillos, un informe a la Comisión Política del MIR relatando que «no había podido tolerar la tortura y había reconocido algunas de las cosas que me preguntaban; que estaba desesperada». El MIR, cuya política era que sus militantes no debían asilarse, guardó silencio.

Marcia Merino continuó en la cárcel hasta el 1º de agosto, cuando fue «dejada en libertad» por el fiscal y secuestrada en el mismo lugar por civiles que la trasladaron al cuartel clandestino de detención conocido como Londres 38, donde conoció las formas más extremas de tortura. Un grupo comandando por Osvaldo Romo –uno de los agentes más sanguinarios de la DINA– la interrogó aplicándole corriente, particularmente en los genitales. Otras veces la colgaban o la ponían en la parrilla boca abajo. Hasta que comenzó a hablar.

«La verdad es que desesperadamente buscaba en mi mente algo que decir para detener la tortura. Di los domicilios de María Angélica Andreoli Bravo (…) También di el domicilio de Muriel Duckendorf Navarrete». Ambas eran amigas de Marcia Merino y actualmente están desaparecidas. Además, mencionó el nombre de Adriana Urrutia, quien sobrevivió. La DINA la obligó a reconocer sus domicilios y a colaborar en los arrestos de ellas tres.

Luego comenzó la espiral. Entregó nuevos domicilios y, cuando no tuvo más información que conociera personalmente, los agentes de la DINA la sacaron a «porotear». Es decir, la llevaban a puntos de encuentro de dirigentes miristas. En cuanto ella reconocía a algún conocido, comenzaba a temblar. Así los agentes confirmaban la información que necesitaban. De este modo cayeron secuestradas decenas de personas, muchas de las cuales se encuentran hoy desaparecidas. Entre ellas, su amiga Lumi Videla.

Después de varios meses de torturas y de entregar información sobre los militantes que conocía, Marcia Merino fue instalada en Villa Grimaldi junto a su amiga María Alicia Uribe Gómez, la «Chica Carola», quien pertenecía a la estructura de informaciones del MIR, y a Luz Arce (ex militante socialista). Las tres comenzaron a recibir privilegios (mejor comida, baño, fin de los «parrillazos») en su calidad de colaboradoras. Marcia Merino relata que cada vez que podían los agentes se jactaban de su colaboración ante los prisioneros, como una manera de demoler la moral de los detenidos.

Cada una de las colaboradoras cayó bajo la protección de algún jerarca de la DINA: Luz Arce, de Rolf Wenderoth; la «Chica Carola», del subdirector Pedro Espinoza, y Marcia Merino, de Miguel Krassnoff Marchenko, el agente operativo encargado de eliminar al MIR.

En julio de 1975 fueron dejadas «en libertad», pero en las oficinas de Belgrado, el cuartel central de la DINA, Manuel Contreras les ofreció personalmente continuar trabajando como empleadas de la estructura que él comandaba, para eliminar a los partidos de izquierda. Las tres aceptaron y fueron enviadas a vivir juntas al departamento incautado al ex GAP Max Marambio en las Torres San Borja, muy cerca del edificio Diego Portales. Hacia 1978 Marcia Merino se mudó a otro departamento con Alicia Uribe, la «Chica Carola», «en la Torre 4 o 5 de la remodelación San Borja, Nº 194, que era de Federico Willoughby».

«Hubo hechos que me iban destruyendo cada vez más y que me hacían sentir como “la traidora”. Esto era acrecentado por la DINA, que me mostraba constantemente panfletos del MIR en los que se mentía respecto de mis “privilegios” y se me condenaba a muerte», afirma Marcia Merino en su libro.

Merino, Arce y Uribe vivieron juntas por un largo tiempo, y eran visitadas mensualmente por Contreras. En ese periodo, las mujeres se involucraron sentimentalmente con agentes, redactaron documentos proponiendo formas de fortalecer el apoyo social a Augusto Pinochet, asistieron a cursos de inteligencia financiados por el Ejército y fueron premiadas en una ceremonia. «En la graduación participó Mónica Madariaga, la que me hizo entrega del premio correspondiente al segundo lugar o segunda antigüedad». En 1977 Mónica Madariaga era ministra de Justicia. El hecho es que estas colaboradoras consiguieron tal nivel de confianza que se les encomendaron tareas de inteligencia en el exterior. Su trabajo era remunerado y salían de vacaciones, como cualquier funcionario.

Las ex prisioneras, afirma Marcia Merino, temían la posibilidad de ser citadas a declarar y, en lo que a ella respecta, siempre se negó a colaborar con las investigaciones judiciales cuando la oportunidad se le presentó. Hasta que llegó la democracia y, a pesar de que aún era controlada por la Dirección de Inteligencia del Ejército (DINE), se atrevió a dar el paso. Lo mismo hizo la ex socialista Luz Arce. Alicia Uribe, la «Chica Carola», continuó sumergida en la sombra de protección de los ex aparatos de seguridad.

La conferencia liberadora
Un día de noviembre de 1992, la periodista Gladys Díaz –hoy sicóloga– recibió un extraño llamado en su casa. Era el presidente de la Comisión Chilena de Derechos Humanos, Jaime Castillo Velasco (la Vicaría se había disuelto en 1990), conminándola a presentarse en la sede de esa entidad al día siguiente muy temprano. No le dijo por qué.

«Yo llegué un poco atrasada y, al entrar a la sala donde se me esperaba, me encontré con una nube de fotógrafos y periodistas. En la testera había comenzado a hablar una mujer, sentada junto a Jaime Castillo. No la reconocí. Solo cuando dijo “Pido perdón” me di cuenta de que era ella, la Flaca Alejandra», recuerda.

Díaz gozaba de gran prestigio entre sus camaradas por haber tenido la conducta opuesta a la de Marcia Merino. A pesar de que su pareja desapareció y de haber sido brutalmente torturada en la temida «Torre» de Villa Grimaldi, se negó a colaborar con sus captores. Incluso cuando en una ocasión le llevaron a la Flaca Alejandra a la celda para que la convenciera de hablar, Gladys Díaz respondió con desdén: «Esta es una colaboradora. Qué ascendencia puede tener sobre mí. Cómo se les ocurre pensar que ella me va a convencer de nada». En otra ocasión, Marcia Merino le puso un cigarrillo en la boca y Gladys Díaz lo escupió.

«Sentada ahí, en esa conferencia de prensa, me di cuenta de que cualquier gesto que yo tuviera tendría enormes consecuencias. Hice un esfuerzo tremendo para discernir qué era lo que sentía que debía hacer. En ese momento, fue una consideración casi funcional. Me di cuenta de que ella tenía información muy valiosa que entregarnos, y que si yo no la acogía iba a quedar en terreno de nadie. Así que me paré y la abracé. Para ella fue un momento muy impactante. Todo se dijo en ese abrazo», relata Díaz.

Con el tiempo, afirma la ex dirigente del MIR, ha elaborado con mayor profundidad el gesto que tuvo y, a pesar de que le costó la crítica de muchos de sus antiguos camaradas, sigue defendiéndolo. «Yo pienso que lo que ella hizo fue tremendo. No lo justifico. Tuvo un costo altísimo para nosotros, pero yo no puedo dejar de ver que el quiebre que ella sufrió se debió primordialmente a la tortura», dice.

Díaz, que soportó los peores tormentos sin delatar a sus compañeros, afirma que hacer frente estoicamente a la tortura no depende de la voluntad, ni del compromiso político de las personas, sino de algo que normalmente está fuera de su control, como sus características biográficas. «Ella era una mujer muy frágil. Ella le mandó a decir al MIR después de la primera tortura que sufrió que sabía que no iba a poder soportar una segunda sesión y pidió permiso para asilarse, pero no la escuchamos. Primó la consigna “el MIR no se asila”. En su quiebre somos todos responsables», agrega.

Según el análisis de la profesional, las carencias afectivas de la infancia, la ausencia del padre, convirtieron a Marcia Merino en una presa fácil de la DINA, que hizo un estudio de sus debilidades para explotarlas. «Yo me niego a creer que esta es una historia entre valientes y cobardes», subraya.

La jodida vida
Para Díaz, el período en que Marcia Merino, Luz Arce y María Alicia Uribe se convirtieron en empleadas a sueldo de los servicios de seguridad se explica por el miedo. El miedo corrosivo e inmenso a la muerte.

Para empeorar las cosas, dice, el MIR condenó a muerte a Marcia Merino y a otros ex militantes que habían colaborado con los servicios de inteligencia. Entre ellos Hernán González, Humberto Menanteaux, Cristián Mallol y Hernán Carrasco, quienes, en 1975, fueron forzados a dar una conferencia de prensa en que declararon la derrota del MIR y pidieron poner fin a la resistencia armada. Cuando quedaron en libertad, Menanteaux y Carrasco informaron a la dirección del MIR sobre la forma en que fueron obligados a dar esa conferencia de prensa –en que el periodista Bernardo de la Maza actuó como entrevistador– e intentaron pedir ayuda para salir al exilio. Sus comunicaciones fueron interceptadas por la DINA, que volvió a capturarlos, y fueron asesinados arrancándoles en carne viva las entrañas, según han testificado judicialmente las ex colaboradoras.

Marcia Merino estuvo en terapia por cuatro años después de romper sus lazos con la DINA, la CNI y la DINE. La terapeuta que la trató relata, a condición de anonimato, que la ex mirista sufría de constantes crisis de angustia y de pánico, pues temía que si no la mataba la DINA o la CNI lo harían sus antiguos camaradas. Agrega que el temor la persiguió aun después de decidirse a declarar públicamente. Solo cuando se careó con Krassnoff y lo acusó como su victimario logró romper con los sentimientos contradictorios de miedo y seguridad que él le provocaba.

Sin embargo, aún hay quienes no creen en la sinceridad de su arrepentimiento. «La vida no se hace sobre la base de discursos y convicciones», afirma una ex mirista y ex prisionera, que conoce a Marcia Merino desde antes del golpe de Estado. «La vida está constituida de pequeñas y cotidianas experiencias. Yo puedo comprender que ella se haya quebrado en la tortura, como muchos. Lo que no entiendo es lo que vino después. Cómo hizo para ganarse la confianza de la DINA al punto de que le pagaran sueldo y la dejaran tomar vacaciones. Qué les decía cuando salían de farra, cuando se metía con ellos. Por qué no tomó ninguna de las oportunidades que se le presentaron para escapar. Y por qué, si tomó conciencia del daño que hizo, no se enfermó, ni enloqueció en la contradicción entre lo que supuestamente creía y lo que hacía».

Enérico García dice que no tendría valor para mirar a Marcia Merino a la cara: «No me siento capaz de perdonarla. Yo no tengo autoridad para perdonar en nombre de las decenas de personas que cayeron por causa suya».

Al igual que Luz Arce, Merino hizo largas declaraciones judiciales entregando información sobre los prisioneros que cayeron por su causa y los que vio en distintos centros de reclusión, muchos de los cuales hoy se encuentran desaparecidos. También entregó nombres de agentes y su posición en la estructura de los servicios de seguridad.

No obstante, los antiguos militantes que la acogieron fueron contados con las manos. Por ejemplo, Viviana Uribe y Erika Hennings, ex prisioneras y familiares de desaparecidos, pagaron un alto costo entre sus amistades por haberla protegido y hoy prefieren abstenerse de otorgar nuevas entrevistas sobre el tema.

Marcia Merino vive actualmente en Isla de Pascua con su esposo. Luz Arce se mudó a México, con su esposo e hijos. Alicia Uribe sigue oculta en algún lugar de Santiago, probablemente con identidad falsa.


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