COMPARTE:Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on TumblrPin on PinterestShare on Google+

Vivir y morir en La Victoria

Por Andrea Lagos A.

Foto: Gentileza Iglesia.cl

LÍNEA DE TIEMPO


 

Vivir y morir en La Victoria

A mediados de 1984 el régimen de Pinochet estaba a la defensiva. Iniciadas un año antes, las jornadas de protesta nacional iban en alza y habían transformado a varias poblaciones de Santiago en reductos de resistencia. En La Victoria, una de las más combativas, dos sacerdotes franceses defendían a los pobladores de la represión policial. Uno de ellos, André Jarlan, encontró la muerte en plena refriega, mientras leía la Biblia, víctima de una bala de Carabineros. En este nuevo trance entre la Iglesia Católica y la dictadura se inspira el cuarto capítulo de la segunda temporada de Los archivos del cardenal.

P

or las noches se sentaba en la esquina de 30 de octubre con Ranquil, en la población La Victoria, ubicada en la zona sur de Santiago. A su alrededor, cinco o seis adolescentes tenían sus narices dentro de bolsas con Neoprén y el sacerdote André Jarlan les conversaba en un español que evidenciaba su origen francés. Era 1984 y hacía solo unos meses que el cura había llegado a Chile. Mientras lo escuchaban, los muchachos aspiraban y reían.

Jarlan (43) estaba empecinado en sacarlos de la droga, pero primero tenía que lograr que confiaran en él. Después de unos minutos, los convencía para que caminaran media cuadra hasta la casa parroquial, una sencilla construcción de madera de dos pisos en el corazón de La Victoria. Allí vivía junto al cura Pierre Dubois, un religioso francés como él, pero que llevaba dos décadas en Chile. Adentro, les servía té y marraqueta con mortadela, todo un lujo en esta población pobre que había sido levantada a partir de una toma de terrenos en 1957. La misma que se convirtió en una de las más golpeadas por la crisis económica que afectó al país a partir de 1982, cuando el desempleo nacional alcanzó al 24 por ciento. En La Victoria, el panorama de ollas comunes que alimentaban a los vecinos hambrientos, con calles de tierra que se convertían en verdaderos pantanos tras la lluvia, era desolador.

André Jarlan leía la biblia cuando recibió un tiro en la parte baja de la cabeza. Carabineros había disparado poco antes para reprimir protesta en La Victoria. Gentileza Iglesia.cl

André Jarlan leía la biblia cuando recibió un tiro en la parte baja de la cabeza. Carabineros había disparado poco antes para reprimir protesta en La Victoria.
Gentileza Iglesia.cl

Otras noches Jarlan preparaba para los chicos del Neoprén una gran olla con caldo de verduras y carne de caballo. Sin embargo, esta sopa era más habitual en jornadas de protestas nacionales contra el régimen de Pinochet. Las manifestaciones habían estallado hacía un año, en 1983, y ya a mediados de 1984 estaban alcanzando su peak. Por primera vez a la defensiva, la dictadura militar reaccionó con una durísima represión, que en La Victoria se convirtió en algo cotidiano. En el intertanto, el ministro del Interior, Sergio Onofre Jarpa, intentaba llegar a algún tipo de acuerdo con parte de la oposición alineada en la Alianza Democrática.

Durante la primera mitad de los años 80, muchos de los pobladores de La Victoria arrancaban hasta la casa parroquial de Jarlan y Dubois, para resguardarse de los perdigones, balines y balas que contingentes de carabineros disparaban para acallar el descontento. Algunas veces los que pedían ayuda eran jóvenes quemados que habían sido empujados sobre los neumáticos de las barricadas encendidas. También llegaban otros a quienes “los pacos” –pocos vecinos les decían carabineros- les habían despegado parte del cuero cabelludo con la ayuda de una bayoneta o corvo.

La sopa de Jarlan alcanzaba para todos. Y también para los que rezaban al lado de los heridos en la pequeña capilla, mientras se escuchaban los incesantes despachos de radio Cooperativa, informando sobre lo que ocurría en esa y en otras zonas del país.


Población La Victoria: protesta y ocupación militar
Fuente: Museo de la Memoria.

Dos fogonazos

Ese día el cura francés había pedaleado por las calles de tierra en su bicicleta verde. Compró víveres para la noche. Se preocupó especialmente de adquirir leche en polvo para los menores. La leche los ayudaba a paliar los efectos de las bombas lacrimógenas.

Jarlan iba siempre con jockey escocés, jeans, un morral de mezclilla bordado, bototos, y su estampa de jugador de rugby, alto y fornido. En el afán de ser uno más entre los más necesitados, un cura de población como él jamás vestiría traje talar negro y cuello vaticano.

Al atardecer del 4 de septiembre de 1984, ya no estaban en la esquina de 30 de Octubre y Ranquil los jóvenes que aspiraban neoprén. Era la primera jornada de la novena protesta nacional convocada por las fuerzas de oposición a Pinochet, una nueva manifestación de desobediencia que duraría ese día y el siguiente. La situación en La Victoria, una población históricamente de izquierda y combativa, era muy delicada. Los militares ni entraban. Se quedaban en camiones, vigilantes, fuera de los límites. Carabineros llegaban en sus buses y radiopatrullas. Allanaban casas y locales, mientras combatían las barricadas de los pobladores que expresaban su descontento con piedras, neumáticos en llamas, o miguelitos que lanzaban al paso de los vehículos verdes.

El periodista del diario Fortín Mapocho Gilberto Palacios tomaba fotos aquella noche en la población. Estaba a media cuadra de la casa del cura Jarlan, junto a los corresponsales Timothy Frasca (EE.UU) y Bernard Mathieu (Francia). Así lo recuerda:

“Nos ubicamos en las esquinas de las calles 30 de Octubre con Ranquil, hasta que los pobladores empezaron a gritar que venían los carabineros. Hubo una estampida muy fuerte, como de bombas lacrimógenas. Eso asustó a los periodistas extranjeros, que corrieron hacia la casa parroquial. Yo me quedé parado en la mitad de la calle. Me puse detrás del poste del alumbrado público y escuché gritos que decían ‘ahí va uno’, ‘el de la mochila’. Un par de segundos después gritaron ‘detrás del poste hay uno’. Al escuchar eso, yo me asomé un poco, vi dos fogonazos, y escuché dos fuertes disparos. Me pareció que venían de la esquina nororiente de Ranquil con 30 de Octubre, donde un hombre parecía haber disparado”.

Eran las 6.45 pm y los dos fogonazos surgieron de dos balas que salieron de la subametralladora UZI de un cabo de Carabineros que disparó hacia donde corrían los periodistas. Aparentemente, quería solo asustarlos, pero no apuntó al aire. Las dos balas locas impactaron el segundo piso de la casa parroquial. Adentro, Jarlan se había sentado en su escritorio, y leía el Salmo 129. “Desde el abismo clamo a ti Señor / escucha mi clamor / El Señor dejará libre a Israel / de todas sus maldades”, decía el extracto donde estaba abierta su Biblia. El dormitorio era una liviana construcción de madera y los proyectiles penetraron sin dificultad. Una de las balas lo impactó en la zona posterior del cuello, cruzando de un lado a otro su cervical. Murió instantáneamente.


Cómo se entregó la noticia sobre la muerte del padre André Jarlan en Francia, su país natal.
Fuente: Reportaje de Augusto Góngora para Teleanálisis

Velas en la población

“En el primer piso, nadie se dio cuenta cuando le dispararon”, recuerda el matrimonio de vecinos de La Victoria integrado por Margarita Caldera y Jorge Rodríguez. Él era presidente del Consejo Parroquial de La Victoria y, en ese momento, estaba en la primera planta. La casa capilla hervía de gente a esa hora: periodistas refugiados, manifestantes que recibían primeros auxilios, otros vecinos que rezaban en su intento por aplacar el temor.

María Inés Urrutia, religiosa de Las Hermanitas de Jesús, también muy cercana a los dos sacerdotes franceses y que estuvo allí esa noche, relata que el padre Pierre Dubois protegía mucho a André Jarlan dado que, a diferencia de él -que llevaba desde 1963 en Chile- Jarlan aún estaba con visa provisional, o sea, sin la residencia definitiva. Había llegado hacía solo 17 meses al país desde Francia. Con cualquier excusa, el régimen podía expulsarlo, máxime si era uno de esos “curas rojos” para Pinochet, como el gobernante solía denostar a los sacerdotes de oposición.

La cama del padre André Jarlan tras su asesinato.
Fundación Documentación y Archivo Vicaría de la Solidaridad

“Esa tarde, a eso de las 7, el padre Pierre llegó preocupado, preguntando por André. Subió al segundo piso, y lo vio sentado. Pensó que se había quedado dormido con la cabeza sobre la Biblia. Lo llamó, pero este no contestó. Se acercó y vio que un hilo de sangre corría por un orificio en el cuello del sacerdote, cerca de la nuca. Dio un grito, no tan fuerte, y mandó a llamar a la doctora que estaba en el primer piso ayudando con los heridos”, relata la pobladora y vecina de la casa parroquial, Lina Brizzo, que participa en la parroquia desde hace décadas y que fue testigo de la tragedia.

La doctora Monica Briceño, hija de un ex obrero de la fábrica de textiles Sumar, había estudiado Medicina en la Universidad de Chile y estaba recién titulada. Sentía mucho cariño por la gente de La Victoria y, en días de protesta, siempre estaba allí para auxiliar. Su labor era clandestina, no podía ser descubierta por fuerzas del régimen. Sin embargo, resultaba complicado llevar a la Posta a los heridos. Siempre estaba Carabineros o la CNI apostados en la puerta de Urgencia y hacían demasiadas preguntas.

Detalle de orificio de bala en la pieza del padre Jarlan, ubicada en un segundo piso.
Fundación Documentación y Archivo Vicaría de la Solidaridad

Briceño corrió a examinar a Jarlan, pero de inmediato se dio cuenta que no había nada más que hacer. Vio lo angustiado que estaba Pierre Dubois, un sacerdote tradicionalmente duro, cerebral, poco demostrativo. “Hay que llevarlo al hospital”, ordenó él. “Y yo le respondí:‘¡No, Pierre, si ya está muerto. No hay nada que hacer! No puedo moverlo porque tiene que venir Investigaciones, algún juez o un perito. Es ilegal sacarlo’”, recuerda la médico, casi 30 años después.

Pese a que Dubois lanzó un grito ronco de dolor y de rabia luego de descubrir a su compañero baleado, reaccionó con velocidad. Debía tener pruebas de cómo había encontrado el cuerpo de André antes de que llegara la Policía de Investigaciones, para hacerse cargo del lugar del homicidio. Mandó a llamar a Carlos Navarro, un fotógrafo de confianza, para que sacara muchas instantáneas de Jarlan y de la habitación. “Apenas la gente de la casa y la población La Victoria se enteró de la muerte de André, gritaban, lloraban… Pero sucedió algo muy lindo. No hubo desmanes, sino que toda La Victoria se iluminó con velas que los pobladores colocaron al medio de las calles. Y la luz se extendió en varias poblaciones vecinas. Era un velorio colectivo”, recuerda la pobladora Lina Brizzo. El improvisado adiós duró cinco noches.

Entre el llanto de dolor y rabia, surgían gritos en medio de la noche: “Los pacos en su locura, mataron a mi cura”, “Justicia, justicia, queremos justicia”, y “Asesinos, asesinos”. Esa noche, algunos pobladores enfrentaron al arzobispo Juan Francisco Fresno, quien llegó a la casa parroquial para entregar su apoyo. Lo consideraban demasiado conciliador con el régimen, pese a que solo llevaba un año en el cargo: “Cardenal, decídase: ¿Está al lado del pueblo que sufre o al lado del gobierno que asesina?”, le dijo un poblador.

Vista externa con los dos orificios de bala que entraron a la pieza de André Jarlan luego de que carabineros dispararan al aire -aunque a altura muy baja- para reprimir protesta el 4 de septiembre de 1984.
Fundación Documentación y Archivo Vicaría de la Solidaridad

Al día siguiente las casas de La Victoria amanecieron con banderas chilenas, coronadas con crespones negros. El cardenal Raúl Silva Henriquez, antecesor de Fresno en la Arquidiócesis, hizo una declaración fuera de lo común en su visita de pésame a Pierre Dubois: “Me parece que como han muerto tantos, que muera un sacerdote también está bueno. Nosotros debemos morir con el pueblo”.

Cura de choque

Andre Jarlan había llegado en febrero de 1983 a la parroquia Nuestra Señora de La Victoria. Era el segundo del aguerrido sacerdote Pierre Dubois. Venía de Rodez, una zona campesina del sur de Francia. Su padre y su hermano se dedicaban a desabollar automóviles.

Jarlan era el opuesto a Dubois. Muy sentimental, preocupado de cocinar y de los detalles. Lloraba fácilmente. Cercano y llano, había desarrollado una gran cercanía con los jóvenes y niños de la población. Por eso, trabajaba con los drogadictos en su rehabilitación.

Pierre Dubois era, en cambio, un cura de choque: fuerte, seco, poco emocional. En las dos décadas que ya llevaba en Chile, había vivido con los mineros del carbón en Lota y había sido párroco en la población Clara Estrella de Lo Espejo. Cuando arribó a la Victoria, meses antes que Jarlan, su estilo intimidó a los pobladores.

Pierre Dubois llegó a Chile en 1963. En los '80, se transformó en párroco de La Victoria.  Archivo diario La Nación. Universidad Diego Portales.

Pierre Dubois llegó a Chile en 1963. En los ’80, se transformó en párroco de La Victoria.
Archivo diario La Nación. Universidad Diego Portales.

Como otros curas obreros o que trabajaban en poblaciones, Dubois hacía bastante más que su labor pastoral. Sin embargo, jamás aceptó ser un seguidor de la Teología de la Liberación, vertiente satanizada por El Vaticano y que enarbolaban curas como Rafael Maroto, quien en 1984 fue suspendido de sus labores sacerdotales por la Iglesia de Santiago, con Fresno a la cabeza. En 1988, Maroto se convertiría en vocero del MIR.

Dubois era un hombre de acción, una máquina. Ayudó a organizar a los pobladores de La Victoria el sistema “Comprando Juntos”, para conseguir víveres a menor precio. Él llevaba las cuentas y les prestaba una bodega a los vecinos que quisieran participar en los 60 grupos de compras al por mayor que llegó a tener. Si había que sentarse en el Comité Político de los partidos de izquierda de La Victoria, donde se encontraban comunistas, socialistas, miristas y otros, el cura iba a mediar. No quería que se quebraran las relaciones entre ellos. “Era como el administrador de la población”, rememora la doctora Mónica Briceño.

Además de supervigilar la iniciativa “Salud por Cuadra” -que aseguraba que en todas las manzanas existieran los implementos básicos para curar y, al menos, una persona que conociera de primeros auxilios-, se preparaba para las protestas como un profesional. En su casa-capilla mantenía pinzas, tijeras, vendas, sutura, desinfectante, anestesia y antibióticos, para que se atendieran de emergencia los heridos.

Su arribo a la población coincidió con la gran crisis económica de 1982-1983, que dejó a millones de chilenos sin empleos y recibiendo paupérrimos salarios en el PEM y POJH, los planes de empleo de emergencia del régimen militar. Y ahí estaban las ollas comunes organizadas por los comités vecinales, pero bajo al amparo de la parroquia.


Documental “Andrés de La Victoria” de Claudio Di Girólamo (Ictus)
Fuente: Museo de la Memoria. Ver documental completo en el archivo digital de la cineteca nacional (link)

Los ocho allanamientos generales que sufrió La Victoria en dos años fueron soportados con la fuerza que Dubois daba a los pobladores, según ellos le reconocen. De esos días de protestas nacionales, un documental realizado por Claudio Di Girólamo, lo captó en una escena que dio la vuelta al mundo: parado frente a un bus de carabineros, con los brazos en cruz, interponiéndose entre ellos y los pobladores. Tampoco se libró de palizas, culatazos, y detenciones a manos de los policías. Su credo era la no violencia activa.

Erigido como un protector de los pobladores, Dubois fue claramente un primus inter pares frente a Jarlan, por lo que la muerte de su compañero lo golpeó fuerte.

El padre Pierre Dubois encabeza velorio de padre Jarlan en La Victoria.
Fundación Documentación y Archivo Vicaría de la Solidaridad

Lavarse “con agua de manantial”

Cuando se conoció la muerte de André Jarlan, la reacción del gobierno del general Pinochet fue inmediata. Se trataba de un problema mayor. Aunque Francia no envió una nota de protesta por la muerte de uno de sus ciudadanos, el conflicto diplomático comenzó a escalar, pues ese país estaba gobernado por Francois Mitterand, un socialista solidario con la oposición a Pinochet. El régimen chileno solicitó, entonces, que la Corte Suprema nombrara un ministro en visita. Hernán Correa de la Cerda fue el magistrado elegido.

Sin mediar investigación, en todo caso, el régimen descartó la posibilidad de que Carabineros hubiera tenido alguna participación en el crimen. Primero, la institución declaró que no existían efectivos policiales en esa zona de La Victoria al momento del baleo. Luego, ante la gran cantidad de testigos que sostenían lo contrario, dieron la versión que Carabineros no portaba ese día subametralladoras UZI, que utilizaban el calibre de la bala asesina.

Sergio Onofre Jarpa, ministro del Interior, presionó a la Iglesia para que la misa de funeral del sacerdote no se realizara en la Catedral Metropolitana. Ante la negativa de Fresno a cancelar la ceremonia en la catedral, el régimen intentó que los pobladores se fuesen en buses hasta el templo ubicado frente a la Plaza de Armas, para no generar tanta noticia y prevenir manifestaciones callejeras. El arzobispo intentó convencer al párroco Pierre Dubois, pero los pobladores no aceptaron y llevaron el ataúd en andas, en una peregrinación que recorrió los 15 kilómetros que distancian La Victoria del centro de Santiago. “Se siente, se siente, André está presente”, gritaban durante el camino.

Informe pericial de Investigaciones: plano de La Victoria con detalle de ingreso de Carabineros la tarde del asesinato de Jarlan. Reproduccion libro André de la Victoria, Ed. Aconcagua, 1985

Informe pericial de Investigaciones: plano de La Victoria con detalle de ingreso de Carabineros la tarde del asesinato de Jarlan.
Reproduccion libro André de la Victoria, Ed. Aconcagua, 1985

El ataúd de Jarlan, con su cuerpo embalsamado, fue repatriado a Francia para su sepultura. A Pudahuel llegaron miles de personas a despedirlo.

En el aeropuerto Charles de Gaulle, de París, fue recibido por la primera dama francesa, Danielle Mitterrand, y por altos dignatarios eclesiásticos galos. La misa fue en la catedral Notre Dame de París, con el canciller francés, Claude Cherysson, presente. Su entierro se celebró en su pequeño pueblo de Rodez, sin discursos, como él había estipulado en su testamento.

Tres días después del crimen del religioso francés, el régimen dictó un bando que prohibió que las revistas Cauce, Apsi, Análisis y el diario Fortín Mapocho, todos de oposición, publicasen fotografías en sus ediciones. Ninguna foto del funeral o de las protestas por la muerte pudo ser divulgada en el territorio nacional. La noticia sí fue profusamente cubierta por la prensa extranjera.

En diciembre y tras una investigación que tardó solamente tres meses, el ministro en visita designado por la Corte Suprema, Hernán Correa de la Cerda, declaró que en La Victoria hubo un grupo de Carabineros que disparó balas de fusil y de subametralladoras UZI. Y que el cabo Leonel Povea Quilodrán fue, sin duda alguna, el autor del disparo que le quitó la vida al sacerdote. Curiosamente, Ambrosio Rodríguez, el abogado del ministerio del Interior (después sería procurador, en 1986), era el defensor del cabo Povea. Y en uno de los alegatos, le comentó privadamente al abogado Héctor Salazar: “Este gobierno necesita lavarse la cara con agua de manantial”. Había que limpiar la imagen del régimen a toda costa.

La declaración de culpabilidad del cabo llevó a que el caso fuera traspasado a la Justicia Militar, la que postergó -por más de una década- cualquier resolución. Solamente en 1996 la Corte Suprema confirmó el dictamen del Juzgado Militar de Santiago que había sobreseído al cabo Povea, teniendo en cuenta sus intachables antecedentes extraídos de un sumario interno que realizó Carabineros.

Povea Quilodrán jamás pagó con cárcel por su disparo.

Las versiones del régimen intentaron inculpar a grupos de izquierda que habrían disparado desde el techo al sacerdote para generar un mártir y dañar la imagen de Carabineros y del gobierno. Para hacerlo, aseguraba la versión oficial, los asesinos habían robado armas a carabineros.

Funeral del padre Jarlan en La Victoria.
Fundación Documentación y Archivo Vicaría de la Solidaridad

A fines de 1985, el ex general director de Carabineros y ex integrante de la Junta de Gobierno, César Mendoza, dio una entrevista sobre el caso de Jarlan, semanas después de su forzoso paso a retiro por el escándalo del caso Degollados, que implicó a su institución:

– No se olvide que toda acción es en respuesta de otra acción. Nunca se ha visto que Carabineros salga a matar al padre Jarlan. ¿Qué estarían haciendo esos fulanos a los que usted se refiere, ah?-, dijo, en referencia a los sacerdotes de La Victoria.
– El padre Jarlan leía la Biblia… -retrucó el periodista.
– Eso es lo que dicen, pues ¿Y a quién le consta?

Una vez que el caso pasó a la Justicia Militar, luego de que el ministro Correa estableciera la autoría del cabo Povea bajo la figura de “cuasi delito de homicidio”, el arzobispo Fresno retiró la querella por su asesinato. Revelada la verdad, la justicia ya no era su prioridad. Para el prelado, había llegado el momento de perdonar al asesino: “Como dice el evangelio, Cristo nos enseña que hay que hay que perdonar hasta setenta veces siete”, recuerda haberle escuchado a Fresno el abogado Héctor Salazar, querellante en la causa. En ese minuto, dice el profesional que trabajaba en la Vicaría de la Solidaridad, sintió una gran impotencia. Se convenció de que la Iglesia chilena había abandonado a André Jarlan.

El turno de Dubois

Tras el atentado a Pinochet, en septiembre de 1986, y después de un allanamiento policial a la población que incluyó su emblemática parroquia, Pierre Dubois fue detenido. El régimen de Pinochet lo tenía entre ceja y ceja. Tres días después, el 11 de septiembre de 1986, fue expulsado del país, junto con los sacerdotes franceses Daniel Carouette y Jaime Lancelot. Dos años habían pasado tras la muerte de Jarlan, La Victoria perdía al más influyente sacerdote de la pobación. Solamente en 1990, tras el retorno a la democracia, regresaría a Chile. “Sufrió mucho durante el tiempo en que no fue autorizado a regresar”, cuenta la pobladora Lina Brizzo. Viajaba a Mendoza, para acercarse, e invitaba a pobladores de La Victoria a visitarle en bus.

En esos días, Francisco Javier Cuadra, ministro vocero del régimen, explicó así las razones de la expulsión: “Los sacerdotes participaban en una manifestación en la población La Victoria. Al momento de ser detenidos resistieron la acción de las fuerzas e, incluso, en uno de los casos intentaron agredir a quienes los estaban deteniendo. Además, portaban panfletos que consideramos altamente inconvenientes… Especialmente en el caso del Padre Dubois.” Agregó que, como gobierno, no podían autorizar que extranjeros interviniesen de este modo en la vida nacional: “Un compromiso mínimo que todo extranjero toma al estar en un país que lo acoge de buena manera, es el de respetar sus ideas y no inmiscuirse en asuntos contingentes”.

Funeral del padre Jarlan en La Victoria.
Fundación Documentación y Archivo Vicaría de la Solidaridad

En el libro Asociación ilícita, los archivos secretos de la Dictadura, de los periodistas Mauricio Weibel y Carlos Dorat (2013), se señala que el subsecretario del Interior de la época, Alberto Cardemil, manejaba antecedentes, fichas y análisis de opositores al régimen de Pinochet, y también de religiosos. Esta información –según los autores- provenía de la CNI y fue traspasada rápidamente a la Cancillería para que lograra expulsar a Pierre Dubois y a los dos otros sacerdotes galos.

Hoy, Alberto Cardemil niega cualquier actuación en este episodio. “Recuerdo que todos los temas de orden público en esa época estaban a cargo del ministerio de Defensa y de la Junta de Gobierno. No tuve nada que ver. El ministro del Interior, que estaba sobre mí, tampoco creo que haya impulsado una medida así. Ricardo García [ministro del Interor de entonces] era la moderación personificada”, dice el ex diputado RN.

Sin embargo, otro alto funcionario de ese gobierno, que prefirió mantener su identidad en reserva, reconoce que ellos se alimentaban de informaciones que recibían de Carabineros y de la CNI. Además, como en todo régimen dictatorial, la disidencia y el activismo político no estaban permitidos. “La Nunciatura en Santiago estaba advertida”, dice el ex funcionario.

Lo cierto es que Dubois y Jarlan no eran los únicos “curas rojos” que sacaban de quicio al régimen. También estaban otros sacerdotes como Mariano Puga y el belga Guido Peters en La Legua; José Aldunate en El Montijo (Pudahuel) y Villa México (Cerrillos); y Roberto Bolton (Villa Francia), entre muchos. En tiempos de protestas y dictadura, todos fueron personajes que lograron mantener unidas a poblaciones emblemáticas de oposición.

Miles de personas se reunieron en las afueras de la Catedral para despedir al padre Jarlan.
Fundación Documentación y Archivo Vicaría de la Solidaridad

“¿Qué aprendió en la Escuela Militar?”

Dubois (82) murió en 2013 y los funerales fueron masivos, sufría de Parkinson. Jamás pudo volver de párroco a La Victoria. “La Iglesia tiene una deuda con él. Nunca más lo destinó acá y ese era su gran deseo en la vida”, dice Margarita Caldera, pobladora.

Para jubilarse había comprado una pequeña casa en La Victoria donde vivió sus últimos años. Los vecinos hacían turnos para atenderlo cuando ya no podía valerse por sí mismo.

El año 2000, diputados de la Concertación impulsaron una ley para concederle la nacionalidad por gracia. En su primera votación, la medida fue rechazada en el Senado, gracias al voto en contra de los UDI Evelyn Matthei, Andrés Chadwick, Hernán Larraín, Jovino Novoa y Sergio Fernández, además de los RN Sergio Romero y Carlos Cantero, entre otros. Un mes más tarde, los honorables cambiarían de opinión aceptando honrar al ex párroco francés.

El sacerdote Mariano Puga en La Legua. Archivo diario La Nación. Universidad Diego Portales.

El sacerdote Mariano Puga en La Legua.
Archivo diario La Nación. Universidad Diego Portales.

El cura Mariano Puga conserva las chalas de Jarlan entre sus tesoros más preciados. Ha trabajado como obrero durante su vida entera, salvo ahora que, a los 83 años, recorre itinerante, pueblos alejados, para atenderlos espiritualmente. Estuvo detenido siete veces durante la dictadura. Incluso en el recinto de torturas de la DINA de Villa Grimaldi. Después de esta experiencia, Pinochet lo citó. El motivo de este encuentro era para recordarle a Puga que alguna vez había sido cadete de la Escuela Militar. El año pasado, el sacerdote desclasificó esta conversación con el capitán general en Radio Universidad de Chile: “Me preguntó qué había aprendido yo en la Escuela Militar. Y yo le contesté a Pinochet que una de las cosas que aprendí es que las órdenes del superior no se discuten. ‘Mire, general, yo soy discípulo de Jesús, él es mi maestro y él me enseñó que, si se torturaba a alguien, a él se le torturaba… Yo he visto, mi general, torturados, desaparecidos, allanamientos. Si yo callo eso, Jesús me va a decir ‘No te conozco’. Prefiero quedar bien parado ante Jesús’”.

Primer aniversario de la muerte del padre André Jarlan en la población La Victoria.
Fundación Documentación y Archivo Vicaría de la Solidaridad

Dos caras y un grafitti

La habitación de Jarlan aún está intacta, salvo la Biblia ensangrentada. Hoy existe una réplica de ella y está abierta en el mismo salmo que leía al ser asesinado. “La CNI nos allanó varias veces en busca de la Biblia auténtica, pero la escondimos en la Vicaría”, señala la pobladora Margarita Caldera.

En el frontis de la casa-capilla existe un gran grafitti colorido con las caras de André Jarlan y Pierre Dubois. Más adentro, en el pasillo del segundo piso, está la bicicleta verde en la que el primero se movilizaba. Y también el pequeño cuarto de madera con la cama angosta donde Jarlan dormía encogido. Nadie se explica cómo cabía. El bolso de mezclilla con bordados artesanales, un par de jockeys escoceses de lanilla, y los viejos bototos de cuero. Su ropa favorita. En las paredes, hay colgadas unas ya desteñidas arpilleras que las pobladoras le regalaron en vida. En la pared de madera hay dos hoyos, de dos balas de 9 mm cada una. Solamente una impactó el cuello de Jarlan. En la parroquia de La Victoria, una mujer de fé dice “El Señor eligió a Andrés. Él fue su cordero. ‘Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo’, dijo Jesús”.

Décimo aniversario de la muerte del padre André Jarlan en la población La Victoria. Archivo diario La Nación. Universidad Diego Portales.

Décimo aniversario de la muerte del padre André Jarlan en la población La Victoria.
Archivo diario La Nación. Universidad Diego Portales.



 

GALERÍA DE PRENSA

Leave a Reply

Your email address will not be published.