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La CNI sale “a reventar”

Por Cristián Pérez

Foto: Museo De La Memoria

LÍNEA DE TIEMPO

La CNI sale “a reventar”

Todo partió con una traición. Bastó esa hebra para que la CNI fraguara su más demoledor golpe contra el FPMR. En la “Operación Albania”, el general Hugo Salas Wenzel, Álvaro Corbalán y sus hombres asesinaron a doce experimentados frentistas, algunos de ellos con cargos de relevancia. Uno de los cerebros de las detenciones fue el capitán de la CNI Krantz Bauer, quien luego se negó obedecer la orden de asesinar a los apresados. Dos años después de la muerte de este oficial experto en inteligencia, el autor del libro “Vidas revolucionarias” desclasifica parte de su conversación con él. Así fue la “Operación Albania” por dentro.

Por Cristián Pérez

“¡E

stán rodeados! ¡No se resistan y salgan con las manos en alto!”, exclama un agente con un megáfono. Luego viene un silencio total. Después, una piedra cae ruidosamente sobre un techo y enseguida se oyen ráfagas de fusiles, gritos, garabatos y carreras enloquecidas. Son las cinco de la mañana del martes 16 de junio de 1987 en la calle Pedro Donoso, comuna de Recoleta. Al interior de una modesta vivienda, en el N° 582, siete cuerpos yacen tirados en las habitaciones, mientras un hombre alto, portando un fusil de asalto AK y varias pistolas, recorre las piezas, disparando sobre los cadáveres. Así concluye la “Operación Cúpula”, conocida como “Operación Albania” o “Matanza de Corpus Cristi”, en la que la CNI asesinó a doce integrantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR).

Se trató del más demoledor golpe asestado por ese aparato represor contra el dispositivo militar del Partido Comunista, desde que este comenzó a operar en 1983. En la acción murieron varios frentistas que ocupaban puestos de mando, justo en los momentos en que la organización discutía internamente independizarse del PC. Así, el FPMR fue tomado por sorpresa.

La CNI detectó una casa de seguridad del FPMR en Recolecta, que estaba abandonada. Ahí fueron asesinados siete frentistas.  Archivo diario La Nación. Universidad Diego Portales.

La CNI detectó una casa de seguridad del FPMR en Recolecta, que estaba abandonada. Ahí fueron asesinados siete frentistas.
Archivo diario La Nación. Universidad Diego Portales.

Traición en el sur
Corre marzo de 1987. Pocos meses atrás, el FPMR ha fracasado en las dos operaciones estratégicas del “Año Decisivo”: el desembarco de armas por Carrizal Bajo y el atentado contra Augusto Pinochet, ambas realizadas en 1986. En la combativa zona del carbón, un mando medio frentista está descontento con su jefatura, pues se siente maltratado. Decide traicionar a su organización a cambio de dinero y entregar a la CNI un “punto” con su superior. Es decir, da a conocer el lugar y la hora en que se reunirá con su jefe, para que la CNI pueda individualizarlo y comenzar su seguimiento.

Este dato, desconocido hasta ahora, lo relata el ex analista de la CNI Krantz Bauer, quien en ese tiempo era el especialista de ese organismo a cargo del FPMR, con el grado de capitán de Ejército. En conversación con el autor, Bauer asegura que la delación permite a la CNI encontrar un hilo clave, el que si es bien “trabajado” podría conducirla hasta los máximos jefes frentistas, y en algún instante darle un golpe demoledor.

Descendiente de una familia de inmigrantes alemanes de clase media, en 1987 Bauer era un oficial experto en inteligencia, con cursos de especialización en Brasil, Israel y Alemania Federal. En la investigación judicial por la “Operación Albania”, cuyo expediente se cerró definitivamente en 2005, fue absuelto de toda responsabilidad por la muerte de los 12 frentistas, lo que fue confirmado por la Corte Suprema en agosto de 2007. Sin embargo, fue condenado a cinco años de cárcel como coautor en la muerte del periodista José Carrasco, perpetrada nueve meses antes de la “Operación Albania”, junto al crimen de otros tres militantes opositores.

Bauer también fue acusado en otras causas de violaciones a los derechos humanos, una de las cuales es la desaparición de cinco frentistas en septiembre de 1987, los llamados “últimos desaparecidos”. En abril de 2012, un año y medio antes de que el juez Mario Carroza dictara su sentencia por este último caso, Bauer murió en el Hospital Militar.

En una conversación con el autor cinco o seis años antes de su fallecimiento, el oficial detalla que antes de marzo de 1987, por casualidad, quedó al mando de la Brigada Azul, unidad que era parte de la División Antisubversiva Bernardo O’Higgins de la CNI con sede en el Cuartel Borgoño. El objetivo de la brigada era desmantelar al FPMR. “La Brigada Azul contaba con vehículos de distintos tipos, entre los que destacaban taxis y furgones utilitarios. Sus integrantes habían pasado un curso básico de inteligencia, tenían entre 25 y 50 años y pertenecían a todas las ramas de las Fuerzas Armadas, además de civiles y mujeres”, dice en su relato.

Bajo el mando de Bauer, estos mismos agentes comenzaron a seguir la pista entregada por el desertor rodriguista.

Tras los pasos de “El Rey”
Juan Waldemar Henríquez Araya era nieto del ex diputado comunista Bernardo Araya Zuleta, detenido y desaparecido por la DINA junto a su esposa, Olga Flores Barraza, en abril de 1976. Juan tenía 15 años cuando él mismo y dos hermanos pequeños fueron secuestrados junto a sus dos abuelos. Los tres menores fueron liberados luego de escuchar los gritos de dolor del ex parlamentario, quien fue salvajemente torturado junto a su cónyuge, antes de que se le perdiera el rastro a ambos.

Juan Waldemar Henríquez Araya fue detenido junto a sus abuelos a los 15 años y escuchó cómo los torturaban. Años después se unió al FPMR.
Museo de la Memoria

Juan Waldemar Henríquez partió al exilio. Llegó a Cuba, donde ingresó a las Fuerzas Armadas Revolucionarias cubanas, como parte del contingente de jóvenes comunistas que se formaba como oficiales militares profesionales, gracias a una invitación que Fidel Castro hizo al PC.

Después de su “bautismo de fuego” combatiendo a la guerrilla Contra en Nicaragua, regresó clandestinamente a Chile en 1983. Se integró a las estructuras del FPMR, que por entonces recién comenzaba a operar.

Los agentes de la CNI lograron ubicarlo en una casa que solía frecuentar en la calle Lanceros del Rey, en la Villa Francia, Estación Central. Sin saber todavía quién era, le pusieron “El Rey”, porque, según Krantz Bauer, era “muy hábil para eludir los seguimientos, con frecuencia se metía en el metro y reaparecía por lugares inesperados; andaba armado y llegaba siempre último a las reuniones, sentándose en el lugar más protegido”.

La CNI pensaba que era el jefe máximo del FPMR.

Otro frentista que se reunía algunas veces con el “El Rey” recibió el apodo de “Rapa Nui”, pues visitaba continuamente una casa en una calle con ese nombre. Los agentes no sabían que se trataba de José Joaquín Valenzuela Levi, el comandante “Ernesto”.

José Joaquín Valenzuela Levi, “Ernesto” o “Rodrigo”, fue el jefe del atentado a Pinochet.
Museo de la Memoria

Valenzuela Levi se había formado como oficial militar en el Ejército Popular de Bulgaria, país de Europa Oriental, que por entonces era parte de la órbita soviética. En septiembre de 1986 había sido el jefe del atentado contra la comitiva de Augusto Pinochet en el Cajón del Maipo. En la emboscada tuvo al automóvil blindado del dictador en la mira de su lanzacohetes Law. La ojiva no dio en el blanco debido a un desperfecto.

Bauer relata que, además, la Brigada Azul de la CNI había detectado a un frentista “que andaba armado, que había herido a un carabinero en un enfrentamiento” y que a ojos de la CNI era “sumamente peligroso”. Se trataba de Ignacio Recaredo Valenzuela Pohorecky, a quien los agentes denominaban “Chaqueta de Cuero”. Los CNI pensaban que era el jefe de la logística del FPMR.

Los “puntos”
A mediados de 1987 la mayoría de los comandantes del FPMR había decidido independizarse del PC, descontentos con la línea adoptada por el partido tras los fracasos de Carrizal Bajo y el atentado a Pinochet.

La nueva línea significaba desarticular la orgánica de combate del FPMR, y el envío de sus miembros a trabajo político en las estructuras regulares. Es decir, dejar de lado la lucha militar. Junto a los jefes superiores abandonaron el PC algunas decenas de combatientes. También lo hicieron varios integrantes de las Milicias Rodriguistas, que eran organizaciones masivas que tenían algún componente armado menor, lo que les permitía realizar sabotajes y pequeñas acciones en poblacionales y en el ámbito estudiantil.

En poder de los separatistas quedó algo de la infraestructura y de los apoyos externos.

En el proceso de rebelarse e intentar constituir una nueva organización, los renegados intensificaron el número de “puntos”: comenzaron a reunirse con otros combatientes, en una frecuencia mayor a la normal.

Este significativo aumento de relaciones fue detectado por los agentes de la Brigada Azul. Krantz Bauer se convenció de que el FPMR estaba “en apresto”, es decir, que se preparaba para ejecutar una nueva operación de gran envergadura, quizás otro atentado a Pinochet. Entonces, el oficial decidió alertar a su jefe, el mayor Álvaro Corbalán Castilla, para que este a su vez la traspasara al mando institucional y se tomaran las medidas necesarias.

El general Hugo Salas Wenzel, director de la CNI desde 1986, ordenó a Corbalán “neutralizar” a la gente “trabajada” por Bauer.

El general Hugo Salas Wenzel, director de la CNI entre 1986 y 1988, fue quien dio la orden de asesinar a un grupo de frentistas en el marco de la Operación Albania. Archivo diario La Nación. Universidad Diego Portales.

El general Hugo Salas Wenzel, director de la CNI entre 1986 y 1988, fue quien dio la orden de asesinar a un grupo de frentistas en el marco de la Operación Albania.
Archivo diario La Nación. Universidad Diego Portales.

La arenga del capitán Quiroz
“Operación Cúpula” es el nombre en clave que la CNI le dio a la acción, pues estaba convencida de que permitiría neutralizar definitivamente a los cabecillas del FPMR. Para darle cobertura legal, la Fiscalía Militar entregó la orden amplia de investigar N° 1402, fechada el 15 de junio de 1987, la que otorgó facultades amplias para allanar inmuebles, descerrajándolos si fuera necesario, y detener a sus moradores. De especial interés para la CNI era una casa ubicada en calle Varas Menas N° 630, en la comuna de San Miguel.

Cuartel Borgoño, 21 horas del domingo 14 de junio de 1987. Los agentes de la División Antisubversiva Bernardo O’Higgins han llegado puntuales a la citación. Están reunidos bajo la dirección del mayor Álvaro Corbalán. Según consigna una declaración allegada al expediente del caso judicial, realizada ante el ministro en visita Hugo Dolmestch por el teniente Eric Antonio Silva Reichart, segundo jefe de la Unidad Anti Terrorista de la CNI (UAT), en la reunión también están el fiscal militar, Luis Acevedo (quien ha entregado la orden de investigar), otros agentes del cuartel Borgoño y efectivos de la Policía de Investigaciones.

La UAT estaba formada por comandos y su responsable era el capitán Rodrigo Pérez. Según consta en el proceso, al llegar al cuartel esta unidad se mezcló con agentes de otras brigadas, por lo que perdió su identidad como tal. En esta reunión también estaban los miembros de la Brigada Especial, que dirigía el oficial de Carabineros Francisco “Gurka” Zúñiga. Esta unidad dependía directamente de Álvaro Corbalán, el jefe del cuartel Borgoño. La Brigada Especial iba a tener un protagonismo central en lo que vendría en las horas siguientes.

Archivo diario La Nación. Universidad Diego Portales.

En la cita se analizaron los detalles de la “Operación Cúpula”.

A eso de las 23.00, un grupo al mando del teniente Silva Reichart se dirigió en varios vehículos hasta una casa ubicada en las inmediaciones del cerro San Cristóbal, en lo que hoy es el barrio Bellavista. Al llegar, el guía perdió la referencia de la vivienda. Gracias a eso los dos frentistas que iban a ser detenidos lograron escapar hacia el cerro.

Para resarcirse del fracaso, a las siete de la mañana del lunes 15 se realizó una nueva reunión, en el salón de actos del cuartel Borgoño. Estaban todos los agentes. Según la declaración judicial del chofer de la CNI Manuel Ramírez Montoya, el segundo jefe de la División Antisubversiva, capitán Iván Quiroz Ruiz, arengó a su tropa de esta manera: “¡Hoy vamos a reventar! Siempre cuando muere algún colega nuestro todos reclaman pidiendo hacer justicia y ahora tienen la oportunidad, huevones. Ahora todos los equipos a sus marcas”.

A continuación Quiroz entregó las órdenes a cada equipo operativo. En el cuartel, comandando la operación, Krantz Bauer se quedó pegado a la radio, en comunicación directa con los equipos que salieron a la calle.

“Con las botas puestas”
Ese lunes a las 9 de la mañana, desde su departamento en la remodelación San Borja, entre las céntricas calles Portugal y Marín, salió el frentista Ignacio Recaredo Valenzuela Pohorecky. “Chaqueta de Cuero” era economista, tenía 30 años y había sido jefe del Destacamento Especial del FPMR. Caminó sin advertir que era seguido por varios hombres de la CNI que ya conocían sus rutinas.

Así lo detallaría años después la declaración judicial ante el ministro Hugo Dolmestch del agente de la CNI René Valdovinos: “Ese día salió con ropa de calle como a las nueve, y después de un largo recorrido a pie tomó locomoción y llegó a un lugar por Macul, donde revisó una citroneta; después tomó locomoción hacia el sector de Colón Oriente, en donde se bajó”.

Ignacio Recaredo Valenzuela iba a la casa de su mamá. Casi al llegar, en calle Alhué, varios agentes lo rodearon y sin que opusiera resistencia le dispararon hasta darle muerte. Luego, pusieron cerca de su cuerpo una pistola y una granada de mano entre sus ropas.

Ignacio Valenzuela Pohorecky, “Chaqueta de Cuero”. Economista, 30 años, estuvo a cargo del Destacamento Especial del FPMR.
Museo de la Memoria

Según la declaración judicial de una vecina, Juanita Fuenzalida, un agente pidió el teléfono de su casa, marcó un número y dijo: “Hombre abatido: Alhué con Zaragoza”.

En un testimonio judicial ante el mismo ministro en visita, el entonces periodista policial de El Mercurio, Hernán Ávalos Narváez, asegura que llegó al lugar a reportear junto a otros medios de prensa. En un momento escuchó decir al mayor Corbalán: “Hoy hay que dormir con las botas puestas”. ¿Adivinanza o premeditación? Sobre el piso yacía el primer rodriguista muerto de la “Operación Cúpula”. El baño de sangre había comenzado.

Homicidio en San Miguel
A las 18.00 de ese mismo lunes 15 de junio, desde su casa en calle Varas Mena
N° 630, casi esquina con Moscú, en la comuna de San Miguel, salió un rodriguista al que Bauer y su gente identificaban como “Jirafales”. Era alto, corpulento y de bigotes, como el personaje de la serie mexicana El Chavo del Ocho. Se trataba de Patricio Acosta Castro, con estudios de ingeniería en la Universidad de Santiago y quien secretamente era instructor en una escuela clandestina de cuadros del FPMR. Dos vehículos de la CNI llevaban horas esperando que saliera de su domicilio, donde vivía con su madre.

En la calle comenzó a ser seguido por el suboficial y agente Juan Alejandro Jorquera Abarzúa, apodado “El Muerto”. A través de la radio, Bauer ordenó detenerlo, pero Jorquera Abarzúa se negó, alegando que el subversivo era demasiado alto y corpulento.

A eso de las 18:30 horas, “Jirafales” giró en 180 grados y sorpresivamente comenzó a devolverse, tal vez advertido de que estaba siendo vigilado. Quedó de frente al CNI Francisco “Gurka” Zúñiga, quien segundos antes caminaba tras él con un grupo de agentes de la Brigada Especial que comandaba. Cuando estaban a punto de cruzarse, sin ninguna advertencia de por medio, Zúñiga sacó su pistola y lo abatió de un disparo en la cabeza. Patricio Acosta Castro murió instantáneamente.

Patricio Acosta Castro era instructor de una escuela de cuadros clandestina del FPMR.
Museo de la Memoria

Tal como ocurrió en calle Alhué con el primer rodriguista abatido, Zúñiga y sus hombres pusieron junto al cuerpo un arma de puño. Los agentes dispararon al aire con sus metralletas, para escenificar un enfrentamiento. Una vecina sacó una sabana y cubrió el cuerpo sobre el pavimento. Era el segundo asesinado de la jornada.

Poco más tarde, a las 21:00, tres unidades de la CNI enfilaron hacia Las Condes, para allanar la casa N° 7793 del pasaje La Quena. Su objetivo es detener a un frentista al que denominaban “El Queno”, quien había sido localizado en Valparaíso y seguido hasta Santiago. Por su nivel de contactos en la estructura, la CNI estaba segura de que se trataba de un importante miembro del FPMR.

Cuando los vehículos llegaban al pasaje, “El Queno” advirtió el peligro y huyó con un fusil M-16. Entre la calle Boccacio y avenida Padre Hurtado se enfrentó a balazos con agentes y carabineros de civil que llegaron a prestar apoyo. Logró escapar, pese a que un helicóptero policial con un potente reflector se unió a la cacería.

Su identidad sigue siendo un misterio hasta hoy.

Disparos en la Villa Olímpica
A las 23:45 horas de ese mismo lunes 15, un grupo operativo de la CNI llegó a comer algo al restaurant El Pollo Caballo de Vivaceta. Por la agitación de ese día no habían tenido respiro para su hora de colación. En eso estaban cuando recibieron una llamada de auxilio desde la Villa Olímpica, en Ñuñoa.

Los que pedían ayuda eran de otro grupo operativo que había llegado hasta el departamento donde residía el rodriguista Julio Guerra Olivares, a quien la CNI apodaba “Pericles”, por el nombre de su calle.

A sus 29 años, Guerra era uno de los más fogueados combatientes del Frente; había participado en numerosas acciones, la más importante, el atentado contra Pinochet en septiembre de 1986. Al parecer, cuando los agentes intentaron detenerlo, resistió con un arma. Los atacantes gasearon el departamento y esperaron refuerzos, ya que temían ser repelidos.

Julio Guerra Olivares era combatiente del FPMR. Había participado en operaciones como el atentado a Pinochet.
Museo de la Memoria

Cuando llegó el apoyo, el agente Fernando Remigio Burgos Díaz, apodado “El Costilla”, se puso una máscara antigases y subió al departamento. Encontró a Julio Guerra en el baño, semiasfixiado. Inmediatamente le disparó. Atrás venía el oficial de Ejército Arturo Sanhueza Ross, quien lo baleó en el pecho, pese a que la víctima ya estaba inmóvil. El cuerpo fue sacado hacia las escaleras, donde recibió una andanada de disparos en varias partes, entre ellas los ojos. Las heridas en los globos oculares fueron confirmadas por el entonces funcionario de la Policía de Investigaciones Mario Francisco Darrigrandi, quien por turno debió concurrir al procedimiento.

Era el tercer frentista asesinado en 15 horas.

La muerte en los techos
Poco antes, a eso de las 23:00, varios agentes de la Brigada Investigadora de Asaltos de la Policía de Investigaciones, dirigidos por el prefecto Sergio “Chueco” Oviedo, coparon las viviendas con los números 415 y 419 de calle Varas Mena, en San Miguel. Era cerca de donde fue abatido Patricio Acosta Castro, la segunda víctima de la jornada.

Los detectives –que estaban apoyando a la CNI en la operación–, llevaban brazaletes amarillos y fusiles de asalto. A los moradores de ambas viviendas los obligaron a meterse en una habitación y a permanecer en silencio, mientras se ubicaban con sus armas en las ventanas, el patio y en la puerta principal. Decían que estaban buscando a un prófugo peligroso, que se había refugiado en una vivienda aledaña, en Varas Mena N° 417.

Aunque la vivienda que estaba siendo rodeada parecía normal, ahí funcionaba una escuela de cuadros del FPMR. Sus responsables eran Juan Waldemar Henríquez Araya y Wilson Henríquez Gallegos. Henríquez Araya era el mismo conocido por la CNI como “El Rey”, aquel rodriguista experto en burlar seguimientos, que había combatido en Nicaragua y a quien los hombres de Álvaro Corbalán suponían en número uno del grupo armado.

Poco después de las 23:00, un agente gritó hacia la vivienda que estaban rodeados y que se rindieran. Enseguida se sintió un violento impacto en el portón del jardín, que fue chocado por un furgón. Comenzó un feroz enfrentamiento. Los agentes disparaban desde la calle y casas vecinas. Adentro había unos 14 frentistas; solo dos respondían el ataque, con fusiles: Henríquez Araya y Henríquez Gallegos. Los dos responsables de la escuela buscaban ganar tiempo para que la mayor cantidad de moradores alcanzara a huir.

Wilson Henríquez Gallegos era uno de los responsables de una escuela de cuadros del FPMR.
Museo de la Memoria

La retirada se hizo desde la parte posterior de la casa, a través de un orificio en el techo al que se llegaba trepando un camarote. Al asomarse a la noche el frentista Santiago Montenegro recibió un tiro en el cuello. Cayó al piso gravemente herido. También salió Cecilia Valdés, con un hijo de dos años. Fueron detenidos en una calle por una patrulla de la CNI. La mujer estuvo a punto de ser fusilada en el acto y fue salvada por un detective. El rodriguista Héctor Figueroa también fue detenido en una calle cercana.

Cuando todos los moradores habían salido, por el mismo orificio salieron al techo los responsables de la escuela. Juan Waldemar Henríquez Araya y Wilson Henríquez Gallegos tomaron distintas direcciones. El primero saltó a la casa con el número 415. Mientras huía por la techumbre recibió un impacto mortal. El tejado cedió y el cuerpo sin vida cayó en un pasillo de la vivienda.

Wilson Henríquez saltó en dirección contraria, sobre el techo de la casa N°419. Cayó herido por el fuego de los policías. La versión judicial de un detective indicaría años después que fue capturado vivo y asesinado en el patio. Sin embargo, en su fallo de 2005 el ministro en visita, Hugo Dolmestch, consignó que su muerte fue por los impactos que recibió en el techo. La caratuló como “homicidio simple”.

Diálogo “de oficial a oficial”
Paralelamente, en el transcurso de ese mismo lunes varios grupos operativos habían detenido a siete integrantes del FPMR. Uno de ellos era “Rapa Nui”, José Joaquín Valenzuela Levi, el comandante frentista que había liderado el atentado a Pinochet. Valenzuela Levi había sido capturado por el agente Sergio Mateluna junto al capitán Krantz Bauer, a la salida de una reunión en una casa cerca del paradero 21 de Vicuña Mackenna. Le cayeron por sorpresa, sin que pudiera resistirse. Fue trasladado hasta los calabozos del cuartel Borgoño.

En operativos similares también fueron apresados los rodriguistas Ricardo Hernán Rivera Silva, jefe regional de Concepción; Elizabeth Escobar Mondaca, quien realizaba tareas de seguridad e infraestructura; Patricia Quiroz Nilo, Ricardo Silva Soto y Manuel Valencia Calderón, miembros los tres de las fuerzas especiales del Frente; y Esther Cabrera Hinojosa, quien cumplía labores de aseguramiento. Los seis llegaron también al cuartel Borgoño.

Ricardo Hernán Rivera Silva.
Museo de la Memoria

Esa misma noche Bauer ordenó que le trajeran a Valenzuela Levi a su presencia. El oficial de la CNI relata que lo vio venir “erguido, con dignidad, seguro de sí mismo”. Cuenta que ambos hablaron “de oficial a oficial; de ejércitos, de operaciones de gran escala, de tanques”.

Según el testimonio que años después Bauer entregaría ante el ministro Hugo Dolmestch, poco después el mayor Álvaro Corbalán le dio la orden de asesinarlo junto a los otros seis detenidos. Bauer asegura que se negó. Consideraba imprescindible interrogar a los miembros del FPMR, para obtener la máxima información posible. En conversación con el autor, Bauer señala que Corbalán acabó liberándolo de esa responsabilidad, y que también aceptó que sacara de esa misión a todos sus hombres de la Brigada Azul.

En sus propias declaraciones ante Dolmestch, Corbalán y su segundo al mando, el capitán Iván Quiroz, reafirman esta versión, la que demostraría que un oficial podía negarse a cumplir una orden que significara cometer un delito.

Por orden de Corbalán, la Brigada Especial del “Gurka” Zúñiga quedó a cargo de ejecutar la última etapa de la “Operación Cúpula”.

Elizabeth Escobar Mondaca.
Museo de la Memoria

A sangre fría
En la fría madrugada del 16 de junio en el cuartel Borgoño se estaba decidiendo la suerte de los siete frentistas detenidos. Zúñiga y sus hombres se movían presurosos. Había órdenes y gritos. En un instante Francisco Zúñiga se encontró con el comandante Quiroz, segundo al mando del cuartel, y le dijo que los presos de Bauer se iban a ir “todos cortados”.

Según las declaraciones judiciales del mismo Quiroz, inmediatamente fue a la oficina de Corbalán, para cerciorarse de que lo que decía Zúñiga era cierto. Delante de él, Corbalán tomó el teléfono y discó un número. Cuando respondieron al otro lado, el mayor preguntó: “¿Va, mi general, la segunda etapa de lo que usted me ordenó hacer?”. La respuesta del general Hugo Salas Wenzel, director de la CNI, fue positiva.

Apenas colgó, Corbalán reprendió a Quiroz. Le recordó que el director de la CNI solo dependía de Pinochet, por lo que “no se podía dejar de cumplir la orden que se estaba dando”, declararía Quiroz ante la justicia.

Varios años después, interrogado por el ministro Dolmestch, el general Salas negó esta versión. Según él, la decisión de asesinar a los detenidos fue una acción inconsulta de Corbalán. Sin embargo, los testimonios de Corbalán y Quiroz, además de un homenaje realizado por Salas a quienes participaron de la operación, convencieron al juez de que el ex director de la CNI mentía.

Patricia Quiroz Nilo.
Museo de la Memoria

A las cuatro de la mañana, mientras Santiago dormía su último sueño antes de llenarse con los ruidos del nuevo día, una caravana de cinco vehículos salió del cuartel Borgoño y enfiló hacia el norte de la capital. En el interior una veintena de agentes de la CNI llevaba amarrados y vendados a los siete presos.

Se detuvieron frente al N° 582 de calle Pedro Donoso, a la altura del N° 3500 de Recoleta, en Conchalí. La casa era una antigua vivienda de adobe, tabiquería y techos de lata. Los agentes bajaron baúles con armas y otros implementos para transformar el inmueble en una casa de seguridad del FPMR. Luego lo hicieron con los detenidos, acompañados cada uno por sus respectivos captores. En la puerta, Zúñiga indicaba a sus hombres dónde ubicarse. Cada preso quedó arrodillado frente a su custodio, que esperó con su arma lista.

Ricardo Silva Soto.
Museo de la Memoria

Faltando minutos para las cinco de la mañana la voz de un megáfono ordenando la rendición despertó al vecindario. Enseguida, una piedra cayó pesadamente sobre el techo. Era la señal: los agentes comenzaron a lanzan ráfagas de fusiles y metralletas. Uno de los hombres de Zúñiga rompió un vidrio y disparó a la calle, hacia un blanco inexistente. En el interior de la casa, cada celador ultimó de certeros balazos al detenido que tenía a cargo. El oficial Cifuentes le pegó cuatro tiros a José Joaquín Valenzuela Levi, y el teniente Emilio Neira Donoso uno más; el teniente Erich Antonio Silva baleó en la frente a Esther Cabrera Hinojosa, lo hace así -diría él- para evitarle sufrimiento. Escenas similares se repitieron con los demás apresados. Poco después, Francisco Zúñiga, el jefe de la Brigada Especial de la CNI, recorrió las habitaciones, dando tiros de gracia a los siete cadáveres cubiertos de sangre sobre el piso.

A medida que amanecía, el lugar se fue llenando de periodistas, detectives de la Brigada de Homicidios que periciaron el suceso, y carabineros que acordonaron las calles, para mantener a raya a los curiosos. También llegaron el fiscal militar Luis Acevedo y el mayor Álvaro Corbalán, que se paseaba orgulloso. Ninguno de los presentes puso en duda la versión de un violento enfrentamiento. Tampoco lo hizo la prensa.

La Operación Albania terminó con un saldo demoledor para el FPMR, que en pocas horas perdió a varios de sus más experimentados combatientes. La seguridad de su estructura, es decir, su superviviencia, quedó en tela de juicio justo cuando la agrupación iniciaba su vida independiente. En las filas del FPMR-A quedó instalada la sospecha de que habían sido infiltrados.

Manuel Valencia Calderón.
Museo de la Memoria

Asado de camaradería
Años después, en su fallo judicial de enero de 2005, el juez Hugo Dolmestch estableció que diez de los doce frentistas abatidos fueron asesinados a sangre fría. Por el caso fueron condenados 15 ex miembros de la CNI, entre ellos Álvaro Corbalán (20 años de prisión) y su segundo al momento de los hechos, el capitán Iván Quiroz (10 años de prisión).

El capitán Krantz Bauer y sus hombres fueron absueltos. La justicia estableció que tuvo una activa participación en la planificación y coordinación de los allanamientos de los siete frentistas asesinados en Pedro Donoso, pero que “se opuso a continuar cuando se le ordenó acciones que estimó incorrectas”. Respecto de las primeras cinco muertes, el fallo sostiene que no tuvo responsabilidad.

Bauer sí fue condenado por otros casos de violaciones a los derechos humanos, como en crimen del periodista José “Pepe” Carrasco y de otros tres militantes opositores, en septiembre de 1986, en venganza por el atentado del FPMR contra Pinochet en el Cajón del Maipo.

También fue procesado por otros crímenes, uno de ellos la desaparición de cinco frentistas apresados por la CNI, a raíz del secuestro del coronel de Ejército Carlos Carreño, que tuvo lugar en 1987. Las víctimas fueron arrojadas al mar. Bauer no alcanzó a ser condenado por ese caso. En abril de 2012 murió en el Hospital Militar, víctima de un edema pulmonar. Se llevó a la tumba sus secretos: nunca dio una entrevista de prensa formal.

A raíz de la “Operación Albania”, el general Hugo Salas Wenzel se convirtió en el primer general en recibir presidio perpetuo por un caso de violaciones a los derechos humanos. Además de los testimonios incriminatorios de Corbalán y Quiroz, acabó hundiéndolo un asado de camaradería de la CNI, celebrado pocos días después de la matanza, en el casino de oficiales del Ejército en calle Rondizzoni.

Ante todo el personal del Cuartel Borgoño, Salas Wenzel felicitó a los integrantes de la División Antisubversiva, por la “brillante” labor cumplida en el exterminio de doce “terroristas”.

Esther Cabrera Hinojosa.
Museo de la Memoria


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